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FERIA DE LOS BARRIOS

Aquí es Oaxaca

“Este negocio lo empezaron mis padres en 1960. Ellos ya fallecieron y ahora mi hermana y yo lo heredamos. Ellos venían de Oaxaca, eran casi los únicos en ese entonces. No había tanta competencia como ahora”. Elvia Soto López, ubicada en la calle Soledad 42 local 4, esquina con santísima, col. centro. Arriba del negocio abrieron, hace dos años un restaurante de comida oaxaqueña llamado Casa Nela; ahí sirven mole negro, coloradito, chapulines, molotes, empanadas, chiles rellenos. En Aquí es Oaxaca se ofrece a la clientela amplia variedad de productos típicos del estado: tasajo, chorizo, mole, chocolate, sal de gusano, mezcal, café, agua de chilacayota, carne enchilada, queso, quesillo. También se vende comida preparada: tlayudas con todo, tamales, el quejate, dulces típicos y nieve de leche quemada y de tuna que hay diario. Hay también artesanías de barro negro de san Bartolo Coyotepec y barro verde de Santa maría Atzompa, alebrijes, de todo un poco. Todo es de Oaxaca, auténtico. Un verdadero oasis para quien extraña su tierra o sólo desea saborear lo mejor de uno de los estados más bellos de la república.

Artículos de latón

Trabajar el latón es un oficio que requiere destreza y cuidado. Es muy fácil cortarse las manos si no se cuida el artesano. A eso se dedica Mireya Cruz quien hereda de su padre, Rosendo Cruz, este trabajo delicado. Su padre, ya grande, trabaja sin protección, olvida los guantes o los anteojos mientras salen chispas de la máquina. Reciben principalmente piezas para restaurar. “Cuando nos traen restauraciones, si la pieza viene porosa se le da un proceso de lijado, desmerilado, rebabeado para darle el toque final. Rebabear es quitarle los grumos a la pieza para que quede liso. Se debe soldar y tornear. Se utiliza soldadura de latón, plata. No se solda con cualquier cosa. De pronto es algo laborioso, [el latón] es un material durable, resistente y bonito.” Le dan vida nueva a los objetos queridos de las familias por generaciones: camas, cunas, candelabros, aunque, lamenta, ya no se hacen esos productos como antes. Ya eso es del pasado: las camas de latón. La gente las guarda por razones sentimentales. El negocio empezó en 1960. Al señor Cruz lo habían despedido y como su ex patrón no tenía dinero le dio “unas rueditas y unos costales de esmeril” y así, con mucho esfuerzo, levantó su negocio. Tardó un año para poder echarlo a andar. Ahora ya tiene 87 años. Dice que su trabajo es una distracción muy buena: “Si estoy en mi casa me acabo y aquí no. En 1950 me vine de Oaxaca a la Ciudad de México. Le heredé este negocio a mi hija que estaba viviendo en Los Cabos y ella se vino a ayudarme. En este oficio lo que importa es tener idea.”

Asia Shop

Jesús Antonio Esparza y su esposa son propietarios de la tienda Asia Shop, que tiene más de 18 años vendiendo artículos tradicionales chinos: abanicos, cerámica, pantallas. Durante la época del año nuevo chino venden el horóscopo chino que son 12 animales que se repiten cada 12 años; ahora es el año del cerdo y el que año que entra es el de la rata y se reinicia todo de nuevo: primero la rata y al último el cerdo. La primera tienda que estuvo en la zona era de su suegra y empezaron con abarrotes chinos y porcelana pero ya es muy difícil que ésta se consiga, ha ido desapareciendo como la artesanía, y la venta se concentra más en la inyección de plástico. “Nosotros continuamos la tradición, pero usamos conceptos modernos no tan tradicionales, adaptándonos a la clientela”, acierta a decir el señor Esparza. La familia de la esposa es fundadora del barrio chino, y también es dueña del restaurante Hong King que tiene más de 60 años, por lo que la debieron haber llegado a México hace unos 65 años. Durante la Segunda Guerra Mundial tuvieron que salir como muchos inmigrantes más, cuando Japón invade China. La esposa del señor Esparza es la más pequeña de la primera generación de los que nacen en México. “A la Feria traemos lo más tradicional que son los abanicos, las pantallas de papel, algunos elementos del zodiaco chino, las monedas doradas, pulseras de monedas, souvenirs como árboles de durazno y mandarina, que representan prosperidad”.

Café Equis

Carlos Alberto González es el dueño de Café X, la casa del buen café, fundada por su padre, Gaspar González Fernández, en 1930. Él llegó muy joven, de 14 años, en 1926, a México. Venía de la provincia de León, en España, un pueblo ahora abandonado. “Era una zona con gente muy valiosa, trabajadora, gente que salió en la guerra en una época difícil. Se vinieron a hacer las américas, como se decía entonces, y salieron a Cuba, Argentina, a mi papá le tocó venir a México. Sus hermanos ya tenían tiendas de abarrotes en ese entonces. La Vizcaína, la Capitana. El café que sí existía en ese tiempo era de otros españoles, en la calle de corregidora; mi padre, con su entusiasmo animó a sus hermanos para poner un café así, un expendio; los convenció y compraron el negocio. Quitaron el abarrote La fama que habían comprado y lo remodelaron para hacer este café.” Todo fue bien pero pasaron épocas difíciles porque el mercado de la Merced estaba ahí mismo de los años 40 hasta los 70, y había muy buena clientela. Pero cuando se funda la Central de Abastos con el entonces regente de la ciudad, Carlos Hank González, se obligó a la gente a que se fuera para allá, pero la familia González no se movió del centro. “Éramos un negocio pequeño y acá seguimos”, dice con orgullo. La calle Roldán se hizo peatonal y el negocio prosperó. “Hace poco pusimos la cafetería porque sólo vendíamos café de exportación, de Chiapas, Veracruz y Oaxaca, las mejores zonas del país. Y hace poco comenzamos a vender pan también y está funcionando. La gente está contenta, nos distingue con su presencia”. El dueño sabe su vocación: venía a ayudar al padre desde que tenía nueve años de edad. Era una época interesante, ahí llegaban personalidades como luchadores de la lucha libre. Un día que estaba cerca, llegó Cristina Pacheco, se tomó un café ahí y conoció al señor Gaspar González y lo invitó a su programa “Aquí nos tocó vivir”, en el canal 11.

Elizabeth Morgan

Soy Elizabeth Morgan, llevo más de 20 años trabajando en el Mercado Sonora, pasillo 8 local 182. Nuestro propósito ante el cliente es hacer lo posible para solucionar todos sus problemas y nunca abandonarlos, sin importar la situación en la que se encuentren, dando un servicio de total comprensión y honestidad. Somos un equipo formado como una gran familia, cuyo objetivo es otorgar un servicio de alta calidad tanto en productos como en atención. Manejamos un amplio conocimiento en diversas ramas religiosas, teniendo un gran respeto a cada una de ellas. Contamos con varios productos, entre ellos los más populares son: veladoras, amuletos, lociones, perfumes, savilas, esencias entre muchos más. Entre los servicios que ofrecemos están: lectura de cartas, lectura de caracoles, limpias personales, limpias de trabajos amarres entre otros.

Fonda Mi Lupita

“Yo traigo mole en vez de sangre”, dice, orgulloso, el encargado de Fonda “Mi lupita”, que se llama así no por rendir homenaje a algún familiar sino por la Virgen de Guadalupe, y que fue fundada hace más de 50 años. Con el mole, que resultó de la combinación de dos recetas, ya que ambos padres eran de estados diferentes del país, estuvieron pruebe y pruebe hasta que dieron con el toque adecuado, y lo llamaron “Mole nupcial”. O fue lo dulzón del chile mulato, quizá. La receta es un bien preciado y la tienen guardada en un archivo en la computadora. Hay una historia vinculada a este mole especial: el chef de Los Pinos iba ahí a comprar el mole y aunque no hay fotos parece ser que algunos presidentes como Miguel de la Madrid, Zedillo, Carlos Salinas y hasta Fox fueron clientes. Muchos empleados de embajadas iban y se llevaban 20-30 kilos de mole para llevarlo a Rusia, China, París, Italia, España y varios países de América Latina. El dueño ha pensado también en hacer su marca propia, empacar el producto e incluso exportar pero no ha contado con el apoyo de nadie. Quizá en un futuro pueda conseguir inversionistas y crear una empresa mexicana de calidad de exportación, mientras, seguirá trabajando como siempre, cuidando la calidad de cada producto.

Los Callejeros

Todo surge a raíz de que Raúl Martínez y su esposa, la señora Evelyn, los dueños del lugar, aman viajar por México. Cuando están de viaje no van a comer a restaurantes elegantes, sino que comen lo que se vende en la calle. Y se les ocurrió la idea de poner un negocio en la Ciudad de México que rinda homenaje tanto a los antojitos y garnachas, pero también a las tradiciones mexicanas. Que el chilango pudiera encontrar en un solo sitio tacos de pescado de Ensalada, picaditas de Veracruz, panuchos de Mérida es casi un milagro, esa era su intención. A demás tiene 35 guisados diferentes que van cambiando de acuerdo a fiestas tradicionales y temporadas. El negocio tiene cuatro años y han ganado bastante popularidad, sobre todo porque sabe escuchar al cliente y las sugerencias que éste tiene para la mejora. Al inicio, por ejemplo, mandaban a comprar las tortillas hasta que se decisión que era mejor respetar lo tradicional, y el personal tomó cursos de nixtamal y ahora producen su propia masa. De hecho, la tortilla recién hecha y las aguas del día al gusto del cliente, hechas con frutas frescas son lo más representativo del restaurante. El local está ubicado en lo que antes era la Librería de Cristal, en la calle 5 de mayo número 10, y lo renovaron de tal forma que se puede apreciar en su decoración la talavera de Puebla, el cobre de Michoacán, la cantera de Chiluca: una identidad hecha de pedazos de recuerdos de los estados de la república mexicana. Al final, se trata de cuidar el país. Sin maíz no hay país, y eso es su mejor legado. El Maestro Yuri de Gortari influyó directamente en la decisión de los platillos, tomamos su taller de platillos regionales en la Escuela de Gastronomía Mexicana.

Machetes Amparito

“El negocio lo comenzó mi suegra en 1960 y pico, cuando se quedó viuda. Comenzó haciendo una quesadilla de 40-45 cms. más o menos” comenta la señora Amparo. Cuando la suegra fallece, ella y su esposo asumen el negocio que estaba originalmente en otra zona de la Guerrero. Les costó trabajo “subir de nuevo” porque perdieron la clientela habitual. Siguieron practicando las quesadillas largas hasta llegar al tamaño actual: de 70 cms. Ahora, son tres generaciones de mujeres trabajando en el negocio y por cada generación crece el tamaño de la quesadilla, se ríe. Tienen en existencia 17 guisados distintos: chicharrón, carne, queso, sesos, hongos, rajas, flor de calabaza, huitlacoche, tinga, frijol, chorizo, papa... Y crearon además un producto especial que llaman el champion, hecho con las especialidades: el champion es tipo alambre; el sazón de mi tierra: chicharrón con plátano macho y queso; el hawaiano que es jamón con queso y piña; el cubano que lleva un poquito de todo, de los guisados y encima el queso, y el suizo que se hace con tres tipos de queso. Gracias a las redes el negocio se puso en el mapa de nuevo. Reciben clientela de todas partes: Europa, de toda la República que viene a la colonia Guerrero exclusivamente por su negocio. Al final se detiene en contar la elaboración de los machetes: “Ya no nos dábamos abasto al hacer una tortilla por una, porque con esa maquinita era hacer una por una. Entonces, normalmente, ¿qué te tardabas?, ¿unos tres minutos en echarla, cuatro? Era echarla, más en lo que se cocía, se tardaba mucho por el grosor que tenía la tortilla. Ahora, es diferente, tenemos una máquina especial. Antes necesitábamos harina, ahora es 100% maíz; es pura masa, no lleva harina. Es lo que nos ha ayudado a subir un poquito, porque hay mucha gente que es alérgica al gluten y dicen, “No, está mucho mejor, sabe mejor”.

Migas la Güera y Pancita la Güerita

Su nombre es José Luis Frausto Patiño y él, junto con su papá, son los dueños de Migas La güera de Tepito. El nombre era por la madre quien falleció hace 16 años, Celia Patiño López, la Güera. Tienen 52 años con el negocio. La abuela vendía ahí mismo tamales, café, arroz con leche. Se le hizo muy grande el local y le propuso a la güera que vendiera migas. Con hueso de puerco. Afortunadamente fue un éxito y desde entonces siguen ahí. No sé sabe cómo la güera consiguió la receta. Ya había migas por ahí, en algunos locales. “Las migas son un platillo hecho a base de pan blanco, el bolillo. Se remoja un poco. Y se cuece el hueso de puerco y se hace una especie de sopa con el pan, especias y chile. Y a la hora de servir se le agrega el hueso. Es muy sencillo y rico. Muy pesado. Sustancioso. Mi mamá “no se cortaba las uñas” para servir. Es muy bien servido. Quien viene a Tepito y no come migas es como si no hubiera venido.” Uno de los posibles orígenes del platillo es la pobreza: tepito siempre ha sido pobre y las mamás son astutas. Antes las familias eran de 9-12 hijos. Hay un homenaje a las madres de Tepito que se llama “las cabronas de Tepito” hay un monumento a ellas. Es un barrio matriarcal. Los hombres se desatienden. Las mujeres sacan adelante a los hijos. Este es un platillo de todas las generaciones. Símbolo gastronómico del barrio. Cuando falleció Antony Bourdain alguien les mandó una nota de El universal donde dice que el chef probó de todo. Hasta las famosas migas la Güera de Tepito.

Tianguitzin

Son dos hermanas: Josefina y Claudia García Ramírez. La primera nació en la Ciudad de México pero fue registrada en Santiago Juxtlahuaxa, Oaxaca. Llegaron muy chicas a la capital. Desde pequeñas aprendieron el oficio de telar de cintura que aprendieron de su madre, quien a su vez lo aprendió de la abuela. “Aprendí a hacer los lienzos y me falta aprender a hacer las figuras. Mi abuelita le enseñó a mi mamá cuando ella tenía ocho años. Desde chiquita, fue etapa por etapa. Por lo que nos contó cuando ella empezó fue a hacer servilletas, bolsitas, monederos. Las cosas pequeñas eran las que más se vendían. Ahora no tanto, las grandes también cuestan más y no es tan accesible el precio, como más tamaño llevan más trabajo y pues es más caro. Nosotros seguimos trayendo nuestros productos desde Oaxaca”, dice Josefina. Tienen 23 años en el Centro. Y tres años en el colectivo. El colectivo surgió a partir de un taller impartido por Maroli Islas Rendón y Rafael Delgado Sosa: “Así se generó este proyecto, en trabajar con comunidades y así se fue dando: capacitaciones de colorimetría, comercio justo, diseño, comercio digital, y ahora ellas [las otras mujeres] participaron en una feria en la Universidad iberoamericana y también hicimos entre todas el Primer Festival de la Cultura Triqui aquí en El Rule donde ellas dieron talleres.” Son siete triquis y una mixteca. La mayoría de ellas son familiares entre sí. Las más jóvenes son la primera generación que nace en la Ciudad de México. Cuentan también lo difícil que ha sido enseñarle a los niños triqui porque en la escuela predomina el español y ahora el inglés. Ahora luchan por ser independientes e innovadoras: apuestan por nuevos diseños en sus blusas y huipiles, todo elaborado con telar de cintura, productos que tienen disponibles en la Feria. Una de ellas, Josefina, al final cuenta una canción popular: la Nochebuena. La historia está basada en las mujeres triqui. Como la nochebuena, el huipil es rojo. Había una mujer triqui sentada a la orilla del río. Era muy llamativa. Los animales (que representan a los hombres) se acercaron y ella los fue rechazando a todos hasta que llegó la mariposa, a ella sí la dejó que se acercara. Por eso el huipil tiene mariposas al frente y en la espalda.

Galia Granados

Galia Granados Chacón tiene ocho años ejerciendo el oficio de aplicar uñas. Ángeles Ivonne Membrillo lleva cinco pero ella se especializa en uñas, planchado de cejas, pestañas. Están en la Plaza de las Uñas. Galia estudió para estilista. Dice que es un trabajo muy noble: pueden ejercer desde chicas muy jóvenes hasta señoras mayores y no se necesita tener el físico perfecto. Incluso puede trabajar en compañía de su hijo, sin molestar a la clientela. Sabe hacer de todo: cortes, tintes y permanente, pero le gusta mucho más dedicarse a las uñas. Así las clientas siempre salen felices, en cambio, con los cortes de cabello no siempre pues las mujeres no se ven igual que las modelos de las revistas. Además era mucho más trabajo y tiempo. En cambio, dedicarse a las uñas es rápido y sencillo. En el puesto le ha tocado ver de todo, dice que una vez una compañera le contó a una clienta que no tenía para comprarle una computadora a su hijo y pocas semanas después esa clienta llega con una de regalo. O uno que otro músico de Garibaldi que llega a ponerse una uña de acrílico para tocar la guitarra. Hay mucha gente noble, concluye. Claro, no todo es miel sobre hojuelas, a veces se inundan las calles, hay incendios, cosas tristes. Pero “cada día se aprende algo nuevo”. Se hacen entre hora y media, a veces casi dos para llegar al puesto pero dice que no se siente porque ama su trabajo. Llegan chiflando y saludando a todos, al final, concluye “Nuestro barrio nos respalda.”

Chiles Secos García

El negocio está en Roldán 3, esquina corregidora. Los que comenzaron fueron Pedro García Rivero y Francisca López Munguía. Era un local muy pequeñito. Cuando construyeron la merced se fueron a probar suerte pero no funcionó. Regresaron. Luego adquirieron el negocio de al lado y agrandaron el local. El señor García aprendió el oficio con sus hermanos. Toda la calle era de venta de chiles y abarrotes. “Nosotros después de la escuela veníamos a trabajar. De todos los hermanos fui la que se quedó el negocio”. Recuerda María luisa García López, la dueña actual. El mole que venden es de la receta familiar, que su madre inventó. Ella desea que su hija quiera cuidar su local pero va a la universidad y quizá sea probable que se dedique a ejercer su carrera. Además, los tiempos no son fáciles: la gente compra todo preparado y cocina menos. Venden chiles a algunas fonditas de la zona pero no como antes. Otra crisis que se avecina es la extinción de algunas especies de chiles: como el tabaquero y el serrano. O el piquín que a veces gente que lo produce llega al puesto a ofrecerlo pero como se hace a muy baja producción su costo se eleva. Casi todo lo que venden lo compran en la Central de Abastos pero a veces compran el chile guajillo de Zacateas o el chile mulato de Guanajuato. Sólo hay dos negocios vivos en lo que antes era una calle especializada en chiles y semillas. Resisten el tiempo todavía.

El Arte de Bordar y Tejer en Regina

Teresa Pichardo López siempre tejió. Desde niña. Aprendió de ver tejer a su abuela. Y pronto la imitó con las agujas que es su técnica favorita. Le hacía bufandas a sus hermanos, chalecos. Un día la maestra se dio cuenta y la impulsó a que expusiera esos trabajos en una muestra escolar. Ahí tomó conciencia de que le gustaba mucho “yo no tengo libro, no tengo clase pero lo que veo lo saco y así es mi historia y me gusta”. Es madre soltera. Sacó a sus hijos ella sola, vendía en los tianguis elotes, nopales cocidos, flores y en sus ratos libres, tejía. Tejía suéteres para sus hijos. Cuando no tenía dinero desbarataba dos suéteres y hacía uno nuevo de ahí. “Así uno valoriza y aprende”, asegura. A la más chica de sus hijas le gusta tejer pero estudia para ser doctora. De igual manera tejer le ayudó con las clases de puntadas para coser heridas. Ya tenía práctica. Ahora está en un grupo: “El arte de bordar y tejer en Regina”. Antes había conocido a un grupo de mujeres en República del Salvador que fueron de gran apoyo para ella: “Por un mal viene un bien. Porque ahorita ya no me quedo a la casa”, dice al recordar que su hija la hizo salir de casa porque estaba encerrada con una embolia. En Regina es donde conoce a Ale quien la invitó al grupo. María Alejandra Cárdenas tiene 20 años bordando. Al inicio, con las mujeres que la seguían buscaban parques, lugares en el centro para estar tranquilas y en Casa Vecina las vieron y las adoptaron. Posteriormente su trabajo y el de varias colaboradas fue valorado por artistas que frecuentaban la Casa y las invitaron a colaborar; de Yugoslavia, Hungría. Hay libros donde aparece su nombre. Recuerda el proyecto de Amor Muñoz con sonido y luces y su bordado. Son trabajos abstractos pero que sin duda, son interesantes. Lo mejor de tener un grupo, dice, es que siempre se renueva y eso beneficia el trabajo de todos: “hay que seguir enseñando. No me quiero comer solita el pastel”, dice Ale entre risas.

El Gran Cazador

“Somos cinco generaciones dedicada al comercio. Antes se dedicaban al lechón y al cabrito. Mi abuelo era productor de esos animales. El papá de mi bisabuelo traía los animales vivos e intercambiaban con semillas”, cuenta el dueño del negocio. Recuerda cómo era el mercado viejo de San Juan. Eran tres mercados: el de pescado, el de las flores y el de Arcos de Belén. La cantidad de flores que debía haber para que su olor opacara al de pescado. Su madre y sus tíos comenzaron a vender insectos prehispánicos, ellos comenzaron: escamoles, gusanos de maguey, iguanas, armadillos. Luego se llevaron la idea a animales más grandes. Si alguien les decía en tal parte están regalando jabalíes iban y buscaban. A veces era noticia falsa. Ahora todo está regulado y no se vende nada que no esté regulado y que no sea legal. No venden animales vivos por ejemplo. Venden carne congelada que cumple con regulaciones de la SEMARNAT. El negocio tiene 25 años. Compran la carne exótica de granjas. Los productos estrella son el jabalí y el cocodrilo. Se puede vender desde 200-300 gramos de carne. No se tiene que vender todo el animal como muchos creen y justo recientemente comenzaron el negocio alterno del restaurante para sugerir a la clientela cómo cocinar estas carnes especiales. Lo que más se vende son las hamburguesas que son 100% de cocodrilo o venado, no como la de res que se completa en 20% o más con grasa. No se condimenta, así la gente aprecia el sabor auténtico. En el mercado no existe una tabla nutricional de lo que se vende. Nada garantiza que lo que está en la vitrina sea lo que dice. Aquí se garantiza el producto: con etiqueta, empacado al vacío. Suelen decir que no venden un producto sino una experiencia. Sin duda comer jabalí o cocodrilo lo cumple a cabalidad. El Gran Cazador fue el nombre que le puso un familiar de la dueña. El mercado de San Juan es exótico no sólo por las carnes sino por todo lo que ahí se vende, frutas, mariscos: angulas españolas, francesas, navajas, cucarachas de mar. Ni en la Viga se encuentran estos productos. Aquí lo que se garantiza es la calidad de todo.

El Porvenir

La historia comienza como el sueño de una familia mexicana, Juan López y Cecilia Cabrera. Era una pareja con tres hijas. El padre aprendió a hacer los embutidos catalanes, españoles y argentinos en una empresa. Y pudo realizar viajes a España para perfeccionar su técnica. En 1975 consigue un local en el mercado de San Juan Pugibet donde comenzó todo. Este mercado es importante dadas sus raíces históricas y con una enorme afluencia turística. Ahí la familia comenzó el concepto novedoso de vender baguettes de bacalao, jamón serrano, morcilla con arroz, butifarras, salchicha italiana, chistorra, choripanes con un fantástico chorizo argentino. Además de ofrecer las emblemáticas tapas catalanas, postres, exprés a la catalana y la crema catalana que en Barcelona le llaman crème brûlé, como en París. Esto cuenta, orgullosa de su historia, Cecilia López, una de las tres hijas de esa exitosa familia que comenzó hace 44 años, cumpliendo con la enorme tarea de satisfacer los paladares más exigentes.